martes, 18 de febrero de 2014

Arma I: Capítulo 1 (parte II)

Denominado “la casa de los demonios”, el burdel más famoso de la ciudad, había sido clausurado más de tres veces por repetidas discusiones entre diferentes clientes. Pero aquello nunca duraba demasiado, pues eran los mismos clientes quiénes reclamaban que el lugar se aperturara de nuevo.


El funcionamiento era el básico y visto en cualquier otro prostíbulo. Se basaba en llegar, pagar por una mujer y esta mujer ofrecía sus servicios dependiendo del monto que el cliente le daba. Ese, por supuesto, era el proceso básico de una prostituta barata. Ahora, hablemos de lo principal: las mujeres más caras del negocio.

Altas, delgadas y muy bien cuidadas. No se vendían por menos de mil dólares y si aceptaban ese monto, es porque simplemente habían despertado de buen humor. Además de eso, no aceptaban follar en lugares de mala muerte, sino que exigían ser llevadas a distintos hoteles carísimos de sus preferencias.

Te preguntarás… ¿Quién en todo el mundo va a pagar por una sola noche con esas mujeres? Si además de gastarte un jodido dineral por ellas, tendrías que llevarlas a lugares caros y tratarlas como las damas que no son. Y aunque es difícil de creer… veintiún hombres pagaron por las mujeres más caras de la ciudad. Y no solo el precio de un orgasmo de una noche, si no el precio de sus propias muertes.

Veintiún asesinatos han sido registrados en los últimos días. Características diferentes: Diferente lugar, diferentes armas, distintas vidas. Ningún hombre conocía al otro. Ninguno se había visto antes. Lo único que la policía de New York y el equipo de medicina forense había detectado en común entre estas veintiún víctimas, era el lugar al que habían asistido horas antes de su muerte… “la casa de los demonios”.

-

Bruce se acercó a la ventanilla del auto blindado de Justin. Este conservaba las gafas puestas, a pesar de que afuera brillaba la luna.

- ¿Puedo pasarte una mujer aquí? – le preguntó Bruce. Era el tipo de amigo divertido y alegre de toda la vida, pero que cuando de trabajo se trataba, guardaba los chistes y prefería la seriedad. Alto, delgado, perfecto físico, cabello negro y piel canela.

- Creo que hemos traído los autos suficientes como para que entren todas ahí atrás. – contestó Justin sin mirarle.

- Vamos, solo será una mujer ¿vale? No creas que yo me la estoy pasando de puta madre con prostitutas en mi auto.

- Hace un rato no decías lo mismo.

- Solo me divertía. – Bruce alzó ambos hombros y con una mirada de consuelo, se alejó de la ventanilla. No tardó en aparecer con una mujer arrastrándola del brazo.

A empujones, logró llegar a la otra puerta del auto de Justin y meter a la mujer adentro. 

- ¿Ella es? – preguntó Justin, clavando sus ojos en el parabrisas, sin ganas de mirarla a ella. Era suficiente aquella expresión como para que demostrara cuanto desprecio sentía por tener a una ramera en su precioso blindado.

- La prostituta número nueve. – anunció Bruce desde afuera.

- No me llames así, imbécil. – gritó la chica desde adentro, sacando su mano por la ventanilla y mostrando un gesto obsceno directo para Bruce.

Justin negó con la cabeza, con una sonrisa en los labios. Encendió el contacto del auto y cogió el radio.

- Soy el oficial Bieber, asegúrense de tener a sus pasajeras bien cuidadas para evitar problemas. – dijo en un tono divertido. - A la estación, cambio y fuera. – anunció y dejó el radio colgando en su lugar.

Apretó el acelerador, y a continuación solo fue el sonido de las llantas sobre la carretera lo que ambos pudieron escuchar.

- ¿Todo esto te parece gracioso? – preguntó ella. Su voz era pausada. Una mezcla entre timidez pero ferocidad. Era… sexy.

Él no quiso mirarla de nuevo.

- ¿Por qué no me miras?

- Aquí quién hace las preguntas soy yo, preciosa. – Justin levantó la voz.

- Hace un rato no te afectaba en nada mirarme…

- Joder, esto es lo malo de tener que tratar con prostitutas. Siempre están calientes.

Aquello hizo que ella abriera la boca.

- Imbécil.

- Perra. – escupió él. – Oh, espera, ¿eso te ofende?

- Lo que faltaba… que contraten a un policía hijo de puta para una misión.

- Todos somos hijos de puta, nena.

¡Idiota! Eso es lo que era… aparte de creído, era un idiota.

- Te gusté allá adentro ¿no es así?

- ¿Tú, a mí? – ella giró la cabeza, para mirarle. Y fue la primera vez que él se atrevió a mirarla de nuevo. Y sus ojos cayeron directamente a los labios de ella. Se clavaron fuerte en ese precioso color. Sí… preciosa boca, no le molestaba ponerse a pensar el buen trabajo que podía hacer con ella. – No eres más que un creído y un pedazo de gilipollas. Si alguna vez llegar a follarme, es ahí realmente donde conocerás el mundo.

Bonito carácter para comenzar. Él asintió con la cabeza, esperando que aquellas palabras empiecen a cabrearle. Pero lo único que lograron fue hacer que sus hormonas fluyan de una manera distinta. Ese carácter le ponía. Esa boca le ponía.

- ¿Follarte yo a ti? No nena… estás buena, pero prefiero las mujeres con clase.

Golpe bajo. Ella volvió a girar la mirada hacia él, que se reía en voz baja disfrutando de sus palabras hirientes. Al mismo tiempo era sexy. Malditamente sexy. Un policía creído y estúpido, rubio y fuerte… sí, era muy atractivo. Hasta incluso interesante.

- Y yo los tíos que puedan hacer maravillas en la cama.

- Uhm, sí, claro guapa.

- ¿A cuántas mujeres has hecho llegar al orgasmo?

- ¿Qué coño te importa?

- Ninguna.

- Escúchame bien perra, lo único para lo que necesito tus servicios es para acabar con esta misión cuanto antes. No necesito follarte, porque antes de que esta misión acabe, tú vas a estar rogando para que yo me ponga entre tus piernas.

Ella soltó una carcajada. Natural. Incluso el sonido de esa preciosa risa hizo que Justin volteara a mirarla. Mierda, era guapa.

- Apostaría mi cabeza, a que serás tú quién acabará así por mí. – soltó ella. Su voz ligera y sensual hicieron que la piel de Justin se erizara. Vaya efecto que tenía en él. Vaya fuerte efecto. Algo muy dentro le había hecho llenar la cabeza de miles de imágenes que no sabía de dónde venían. Como si se tratara de una jodida visión llena de lágrimas, armas, palabras… y traiciones.

- Serás creída. – escupió él, tratando de quitarse de la cabeza aquella visión que por un momento le había hecho volverse débil. – Ahora quédate callada ¿vale? Hay un largo camino a la estación y no quiero seguir oyendo tus estupideces.

- ¿Mis estupideces? Oh… - ella volvió a reír. Tenía una sonrisa tan hermosa que provocaba comérsela a besos. Y no solo esa boca, sino todo ese cuerpo que aún seguía vestido con esa preciosa lencería. – Te diré un par de estupideces. – y de un momento a otro, su actitud cambió. Ya no estaba tratando de ser divertida o hiriente. Su tono de voz delataba verdad. – Sé bien que haces aquí y porque estás trasladándonos a una estación de policías. Sé lo de los asesinatos y sobre todo… sé de quién sospechas que está detrás de todo esto.

Una vez más lo había embelesado con sus palabras hasta el punto de hacerlo empalidecer. ¿Cómo sabía tanto? Lo de los asesinatos había sido revelado en todo el país… pero nadie sabía la visita de esos hombres al prostíbulo antes de morir…

- Sé que estás buscando al culpable y que vas a interrogarnos a nosotras una por una con la finalidad de conseguir más pistas y acabar con esta misión. Y también sé que estás perdiendo el tiempo.

Él se volteó a mirarla. La luz del exterior hizo que los ojos de la chica brillaran. Eran azules. Era preciosa…

- No hay nada ni nadie en este país que pueda ayudarte a resolver este crimen. – soltó ella de improvisto. – La única persona que podría ayudarte, está sentada en el asiento copiloto de tu auto.

- Si piensas que soy tan estúpido como para creer que…

- Soy la única persona en el mundo que conoce al asesino de esas veintiún víctimas.

Justin detuvo el auto en seco. Algo dentro de él no le hizo preguntar más… solo deseaba quedarse callado… porque una parte de él… una parte pequeña él… creía en sus palabras.

- Así que tienes dos opciones. - ________ lo miró a los ojos. – Puedes ir y llevarme a esa estación, créeme que no habrá mucha diferencia entre vivir ahí que en ese burdel de mala muerte. – sus palabras iban en serio y él lo sentía ahora más que nunca. –O puedes fingir que desaparecí y llevarme contigo. – su mirada delataba dominio y odio a la vez. Había algo en ella que lucía frágil pero llena de rencor. Sabía que si la llevaba consigo, acabaría ese caso cuanto antes... y la verdad es que nada ahora le importaba más que eso. No quería medir límites ni consecuencias. Solo quería acabar el caso y necesitaba tomar una decisión, aunque aquella fuera... la peor decisión de toda su vida. - Tú decides. 





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